Una humanidad en camino — Primera reflexión
Vivimos en una época en la que los avances científicos y tecnológicos parecen no tener límites. La inteligencia artificial, la robótica y la biotecnología transforman aceleradamente nuestras formas de trabajar, aprender, producir y relacionarnos. Cada nuevo desarrollo se presenta como un paso hacia adelante, como una conquista de la inteligencia humana que promete mejorar nuestras condiciones de vida. Sin embargo, frente a esta realidad, necesitamos detenernos y preguntarnos: ¿todo avance tecnológico constituye necesariamente un progreso humano?
La humanidad dispone hoy de conocimientos y capacidades productivas extraordinarias. Podemos desarrollar sistemas de inteligencia artificial capaces de resolver problemas complejos, producir alimentos en cantidades enormes y encontrar tratamientos para enfermedades que antes resultaban incurables. Pero, al mismo tiempo, millones de personas siguen padeciendo hambre, pobreza, violencia y exclusión.
¿Cómo explicar esta contradicción? ¿Será que el problema no está tanto en nuestras capacidades como en el sentido que les damos?
La idea de progreso que necesitamos revisar
Estamos acostumbrados a pensar el progreso como un camino ascendente, como el paso de una situación inferior a otra superior. Esta manera de comprender la realidad parece encontrar su fundamento en los procesos de la naturaleza. Una semilla germina, crece, se transforma en árbol, florece, produce frutos y finalmente muere. Hay movimiento, transformación y maduración.
Pero la naturaleza también nos enseña que no todo movimiento significa progreso. La vida incluye crecimiento, deterioro, renovación y muerte. No todo cambio constituye necesariamente una mejora.
La modernidad consolidó una profunda confianza en la razón, la ciencia y la técnica como instrumentos capaces de conducir a la humanidad hacia sociedades cada vez mejores.
Y ciertamente hemos logrado avances extraordinarios. Pero también hemos utilizado esas mismas capacidades para desarrollar armas de destrucción masiva, organizar sistemas de exterminio y perfeccionar mecanismos de dominación.
Una sociedad puede avanzar extraordinariamente en sus capacidades tecnológicas y, al mismo tiempo, retroceder en sus relaciones humanas.
El filósofo Walter Benjamin cuestionó la idea de una historia que avanza inevitablemente hacia un futuro mejor. En sus reflexiones sobre el Angelus Novus, una pintura de Paul Klee, presenta al ángel de la historia contemplando las ruinas que se acumulan en el pasado, mientras una tempestad lo empuja hacia el futuro. Esa tempestad es lo que llamamos progreso.
La imagen nos invita a preguntarnos por las víctimas que quedan detrás de aquello que celebramos como avance.
¿Progreso para quiénes?
Un ejemplo particularmente significativo es la llegada de los europeos a América. Durante siglos, este acontecimiento fue presentado como el «descubrimiento de América» y el comienzo de un proceso civilisatorio.
Sin embargo, América estaba habitada por numerosos pueblos que habían desarrollado culturas, conocimientos, organizaciones sociales y cosmovisiones de enorme riqueza. La conquista y colonización significaron también guerras, despojo territorial, explotación y destrucción de culturas, además de una profunda catástrofe demográfica: Genocidio.
Resulta preocupante que hoy se pretenda recuperar una interpretación celebratoria del «descubrimiento de América», desconociendo la historia y los derechos de los pueblos originarios. No se trata de negar los intercambios culturales que se produjeron, sino de reconocer que la historia no puede contarse exclusivamente desde la perspectiva de quienes conquistaron y ejercieron el poder.
El progreso de unos no puede justificar la destrucción de otros.
Y esta afirmación sigue teniendo plena vigencia.
La inteligencia artificial puede contribuir a mejorar la salud, la educación, la producción y la distribución de alimentos. Pero también puede profundizar las desigualdades si sus beneficios quedan concentrados en quienes poseen el poder económico y tecnológico.
Por eso, no alcanza con preguntarnos qué puede hacer la tecnología. Necesitamos preguntarnos quiénes la controlan, quiénes se benefician de ella y al servicio de qué proyecto de sociedad se desarrolla.
¿Hacia dónde queremos caminar?
Tal vez debamos abandonar la idea de que la humanidad progresa inevitablemente por el solo hecho de desarrollar nuevas capacidades. El verdadero desafío consiste en preguntarnos qué entendemos por una humanidad mejor.
¿Una humanidad que acumula cada vez más conocimientos y riquezas, o una humanidad capaz de construir relaciones más justas, solidarias y fraternas?
Desde nuestra fe cristiana, creemos que la dignidad humana no depende de la riqueza, del poder ni de las capacidades productivas. Cada persona posee una dignidad que debe ser reconocida y respetada.
Jesús nos ofrece un criterio profundamente desafiante cuando se identifica con quienes padecen hambre, sed, exclusión y abandono (Mt 25,35-40).
Desde esta perspectiva, el progreso no puede medirse solamente por aquello que producimos, sino también por nuestra capacidad de cuidar la vida y reconocer al otro.
Una sociedad que puede desarrollar inteligencias artificiales cada vez más poderosas, pero no logra garantizar alimentación, educación y condiciones dignas de vida a todos sus niños, niñas y adolescentes, no tiene solamente un problema tecnológico o económico. Tiene, fundamentalmente, un problema de justicia.
Quizás el verdadero progreso no consista en llegar cada vez más lejos, sino en aprender a caminar de otra manera.
Y, sobre todo, en comprender que ningún camino puede considerarse verdaderamente humano si para avanzar necesita dejar a otros atrás siguiendo con la cultura del descarte.








