El presente artículo es un análisis crítico de la idea de propiedad privada absoluta, sus implicancias sociales y cómo la doctrina social de la Iglesia reivindica el destino universal de los bienes y el bien común.
La propuesta de Reforma del Estado que impulsa el Presidente Javier Milei con la llamada Ley de Bases y Puntos de Partida para la Libertad de los Argentinos propone la propiedad privada como valor absoluto. Eso supone un cambio radical en el rol del Estado: de organizador de la vida social y protector de derechos humanos, políticos y económicos, a mero garante de la propiedad privada por encima del bien común.
Esta idea no es trivial: la historia muestra que las sociedades han organizado la justicia social de maneras muy diversas, y muchos pueblos originarios de América no conocían el concepto de propiedad privada como algo exclusivo, sino como uso compartido de los bienes de la tierra para sostener la vida comunitaria.
La Doctrina Social de la Iglesia, desde Rerum Novarum hasta Laudato si’, mantiene que los bienes creados por Dios están destinados al uso de todos, y que la propiedad privada —aunque legítima como derecho natural— no puede equipararse a un valor absoluto que se imponga sobre la dignidad humana y el destino universal de los bienes.
El principio del destino universal de los bienes señala que los recursos de la tierra deben ser disponibles para todas las personas, de modo que cada ser humano tenga acceso a lo necesario para vivir con dignidad. Esta perspectiva no niega la propiedad privada, pero la enmarca dentro de la responsabilidad social y moral hacia los demás.
Si consideramos la propiedad privada como un fin en sí mismo, perdemos de vista que la justicia social exige priorizar el uso de los bienes para satisfacer las necesidades básicas de todos, especialmente de los más vulnerables. Eso no es solo una postura ética: es un reclamo por una sociedad más equitativa y por un Estado que cumpla su función de promover el bien común.
Toda la doctrina social de la Iglesia puede sintetizarse en los siguientes seis principios, que se relacionan entre si y no pueden interpretarse separados unos de otros porque se sustentan en la misma cosmovisión:
1. La dignidad de la persona humana: el ser humano
es la imagen viva de Dios mismo; la persona es titular de derechos y
obligaciones que son inherentes a todo ser humano.
2. El bien común: es el bien de todos y es
indivisible (como la salud, la seguridad y la paz); Es
responsabilidad de todos, bajo la coordinación del poder público.
3. El destino universal de los bienes: o principio
del uso común de los bienes, que precede a las diversas formas
concretas de la propiedad (Sollicitudo rei socialis, en
adelante SRS, n.42); la distribución de la propiedad debe
ser tal que todos tengan al menos lo suficiente para vivir con
dignidad.
4. Subsidiariedad: lo mayor no debe sustituir a lo
menor, ni impedir su libre iniciativa; Implica el respeto a las
competencias de cada nivel de responsabilidad y el derecho a
emprender.
5. Participación: el derecho y el deber de
contribuir a la vida en la sociedad; Implica los derechos y deberes
de la ciudadanía activa.
6. Solidaridad: determinación firme y
perseverante de empeñarse por el bien común; se opone a la
“globalización de la indiferencia.”
El Concilio Vaticano II resume el significado de
este principio de la propiedad privada de la siguiente manera:
“Dios ha destinado la tierra
y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y todos los
pueblos, de modo que los bienes creados deben ser suficientes para
todos, con equidad, de acuerdo con la regla de justicia, inseparable
de la caridad” (Gaudium et spes, en adelante GS,
n.69).
El principio del destino universal de los bienes
de la tierra es la base del derecho universal al uso de los bienes.
Cada persona debe tener la posibilidad de disfrutar el bienestar
necesario para su pleno desarrollo.
El principio del uso común de
los bienes es el “primer principio de toda ética social y el
principio característico de la doctrina cristiana” (SRS n.42).
Este principio establece la igualdad básica de todos en relación
con el sustento de las propias vidas: “Dios dio la tierra a toda la
humanidad, para sustento de todos sus miembros, sin excluir ni
privilegiar a nadie” (Centesimus Annus, en adelante
CA , n.31).
Ya Pío XII en su mensaje de radio de Navidad de
1941, afirmó el derecho de toda persona a satisfacer sus necesidades
básicas, como base para la paz en el mundo: “No se puede
prescindir de los bienes materiales que satisfagan sus necesidades
primarias y constituyen las necesidades básicas de su existencia”.
Es un derecho natural, original y prioritario.
Asegura el Papa Pablo VI:
"Todos los demás derechos,
sean los que sean, incluidos los de propiedad y el libre comercio, le
están subordinados; no deben, por tanto, impedir, por el contrario
facilitar su realización; y es un deber social grave y urgente
reconducirlo a su propósito original“ (Populorum Progressio,
en adelante PP, n.22).
Estos desarrollos en la doctrina social de la Iglesia tiene sus raíces profundas en los textos Bíblicos como les muestro a continuación.
Los profetas del Antiguo Testamento denuncian claramente como un pecado la existencia de los pobres, porque son el fruto de la codicia y la apropiación privada de los bienes comunes.
Así por ejemplo el reparto de la tierra que relata el libro de Josué (Jos 13,1 - 21,45) atribuida a la corriente Deuteronomista manifiesta la preocupación por el fenómeno de privación del derecho a la tierra, formula su posición: en el plan de Dios, la posesión de un territorio es esencial, pero no como propiedad privada, sino como una propiedad colectiva capaz de generar instituciones económicas, políticas, sociales, legislativas, judiciales y religiosas acordes con este modelo de propiedad.
El problema que hoy tenemos es que bajo la doctrina del libre mercado, donde las relaciones sociales se han mercantilizado, donde el dinero aparece como un bien supremo con el que todo tiene precio, la "propiedad privada" pasa a considerarse de manera absoluta y divide profundamente los lazos sociales y solidarios en el pueblo.
No podemos aceptar este sentido que nos quieren imponer de la "propiedad privada", debemos recuperar su sentido social, porque todos los bienes estan para salvar necesidades, son medios y no fines de la vida humana.
Promovamos el debate, hagamos de nuestra vida un testimonio de la solidaridad y el compromiso por la vida del otro que es parte de nuestra cultura nacional. La patria es el otro y la otra, y más aún cuando ese otro y esa otra es una persona necesitada y víctima de una sociedad capitalista que "no lo ve", "no lo mira". Y es en esta actitud donde se juega la salvación del Mundo. (Mt 25,31-46)
Fuentes:
https://teologicalatinoamericana.com/?p=1391
Textos bíblicos: Libro de Josue 13,1 - 21,45 - Mt. 25, 31-46
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Lic. Prof. Ernesto Gabriel Cela