Pensar la escuela y la época
Blog de Ernesto Gabriel Cela - Educación secundaria, escuela pública, política y pensamiento crítico.
domingo, septiembre 13, 2026
La pedagogía del encuentro: interrumpir la lógica de la violencia
jueves, agosto 06, 2026
La pedagogía del encuentro: reconstruir el sentido de estar en la escuela.
Vivimos una paradoja difícil de ignorar. Nunca la humanidad dispuso de tantas posibilidades para comunicarse y, sin embargo, nunca fueron tan frecuentes las experiencias de soledad. Las redes sociales multiplican los contactos, la inteligencia artificial responde nuestras preguntas en segundos y las tecnologías nos mantienen permanentemente conectados. Pero, al mismo tiempo, crecen el aislamiento, la fragmentación de los vínculos, los problemas de salud mental y, de manera especialmente dolorosa, los intentos de suicidio entre adolescentes y jóvenes.
Frente a este escenario, me pregunto si no estamos llamados a volver la mirada hacia una dimensión esencial de la escuela que, por momentos, parece haber quedado relegada: su capacidad para generar encuentros.
Esta mañana compartíamos esta reflexión con compañeras inspectoras. Una de ellas expresaba una experiencia que seguramente muchos docentes reconocerán como propia:
“Ir a la escuela para mí significaba no sólo la tarea de enseñar, sino también el mate compartido en el recreo con mis compañeras, el momento de charla y encuentro con las docentes y el diálogo con las familias. Hoy el creciente conflicto, el aislamiento que produce la sobrecarga de lo administrativo y las familias que llegan a la escuela con agresión y sin confianza hacia los docentes atentan contra ese deseo de ir y estar en la escuela.”
Su testimonio me llevó a pensar que una escuela puede seguir funcionando y, sin embargo, ir perdiendo lentamente aquello que le da vida: el deseo de habitarla. Durante mucho tiempo la tarea docente estuvo sostenida por una trama de vínculos cotidianos. Las conversaciones en los recreos, la planificación compartida, el intercambio espontáneo entre colegas, el acompañamiento mutuo frente a las dificultades y la confianza construida con las familias formaban parte de la experiencia educativa, aunque pocas veces aparecieran en los diseños curriculares o en los documentos institucionales.
Hoy esa trama aparece tensionada por múltiples factores: la creciente carga administrativa, la judicialización de los conflictos, la pérdida de confianza entre la escuela y las familias, la aceleración de los tiempos y una cultura que privilegia cada vez más el rendimiento individual por sobre la construcción colectiva.
Las consecuencias no se limitan al clima laboral. También impactan en las trayectorias educativas de los estudiantes. El aumento de las licencias docentes, por múltiples causas que merecen ser comprendidas con responsabilidad y profundidad, repercute inevitablemente en la continuidad pedagógica y en la estabilidad de los procesos de enseñanza y aprendizaje.
Por eso pienso que reconstruir el sentido de estar presentes en la escuela constituye hoy una necesidad pedagógica y también humana. La pedagogía del encuentro no debería entenderse como un conjunto de actividades destinadas a mejorar la convivencia. Es mucho más que eso. Es una manera de comprender qué significa educar.
Porque el encuentro no sólo cuida a las personas. También transforma la manera en que aprendemos.
Durante mucho tiempo asociamos el aprendizaje con la incorporación individual de información. Sin embargo, las investigaciones pedagógicas y la experiencia cotidiana muestran que los aprendizajes más profundos nacen cuando las personas investigan juntas, dialogan, argumentan, confrontan ideas, resuelven problemas compartidos y construyen sentidos comunes. No aprendemos únicamente contenidos; aprendemos también una manera de relacionarnos con el conocimiento.
No es igual memorizar una respuesta que participar en su construcción. No es igual recibir una explicación que formar parte de una búsqueda colectiva. Cuando un proyecto convoca a estudiantes y docentes a pensar juntos, el aprendizaje deja de ser una simple acumulación de datos para convertirse en una experiencia compartida. Lo que permanece en la memoria no es sólo la información adquirida, sino el camino recorrido junto a otros para comprenderla.
Por eso el modo de enseñar nunca es indiferente. Cada práctica pedagógica transmite también una determinada concepción del ser humano. Una enseñanza centrada exclusivamente en el rendimiento individual puede reforzar, sin proponérselo, la lógica de la competencia y del aislamiento. Una pedagogía del encuentro, en cambio, enseña que el conocimiento puede construirse cooperando, escuchando, preguntando y reconociendo el aporte del otro.
Quizás hoy, cuando la inteligencia artificial puede ofrecer respuestas inmediatas a casi cualquier consulta, la misión de la escuela se vuelva todavía más clara. Las máquinas podrán proporcionar información cada vez con mayor precisión. Pero ninguna podrá reemplazar la experiencia profundamente humana de un grupo que investiga, duda, se equivoca, rectifica, dialoga y finalmente comprende algo en común. Porque ese proceso no sólo produce conocimiento. Produce comunidad.
Mientras escribo estas líneas vuelve a mi memoria una escena que marcó profundamente mi formación salesiana. Don Bosco encuentra a Bartolomé Garelli después de que un sacristán lo expulsara de la iglesia a escobazos. No comienza interrogándolo sobre el catecismo ni sobre lo que sabe. Le hace una pregunta inesperada:
—¿Sabés silbar?
Bartolomé sonríe.
Y desde esa sencilla pregunta nace una relación que terminará transformando una vida.
Don Bosco comprendió que antes de enseñar había que encontrarse con la persona. Que antes del contenido estaba el vínculo. Que nadie aprende verdaderamente de quien antes no lo ha reconocido en su dignidad.
También el papa Francisco insistió durante todo su pontificado en la necesidad de promover una verdadera cultura del encuentro frente a la cultura del descarte. Tal vez esa expresión encuentre en la escuela uno de sus espacios más fecundos. Pienso entonces que los proyectos institucionales del presente deberían preguntarse menos qué actividades nuevas incorporar y más qué oportunidades de encuentro están creando cada día.
- Encuentro entre estudiantes.
- Entre docentes.
- Entre docentes y familias.
- Entre directivos y equipos.
- Entre la escuela y su comunidad.
Porque educar no consiste solamente en transmitir conocimientos. Consiste, sobre todo, en ayudar a que cada persona pueda descubrir que su vida tiene sentido porque es significativa para otros.
En una época que multiplica la información pero corre el riesgo de empobrecer los vínculos, quizás la misión más revolucionaria de la escuela sea precisamente esta: seguir siendo uno de los pocos lugares donde las personas aprenden juntas, trabajan juntas, se cuidan mutuamente y descubren que el conocimiento, cuando nace del encuentro, también construye humanidad.
sábado, agosto 01, 2026
La pedagogía de Dios y la escuela
Hay una pregunta que me acompaña desde hace tiempo: ¿qué puede aprender la educación de la manera en que Dios educa a la humanidad?
La historia de la salvación no es solamente una sucesión de acontecimientos religiosos. Es, sobre todo, una historia pedagógica.
En los textos bíblicos es manifiesto que Dios no crea seres terminados. Forma un pueblo. Educa una libertad. Acompaña procesos. Respeta los tiempos. No elimina las caídas, sino que las convierte en ocasión de aprendizaje y de alianza renovada.
Jesús de Nazareth lleva esa pedagogía a su plenitud. No funda una escuela en el sentido clásico. Forma discípulos caminando con ellos. Les hace preguntas antes de ofrecer respuestas. Los envía antes de considerarlos completamente preparados. Corrige sin humillar. Exige sin excluir. Confía incluso después del fracaso.
La cruz constituye el momento culminante de esa pedagogía. En la Última Cena, Jesús interpreta anticipadamente el sentido de su vida: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes.»
La enseñanza definitiva no consiste en una explicación, sino en una existencia entregada. La Carta a los Hebreos comprenderá que en ese gesto se revela el único sacerdocio de Cristo: el sacerdote y la víctima son la misma persona. Desde entonces, participar de Cristo significa aprender a hacer de la propia vida una ofrenda.
Quizás aquí exista una clave para pensar también la educación. Si educar es simplemente transmitir información, las máquinas podrán hacerlo cada vez mejor. Pero si educar consiste en acompañar a una persona para que descubra el sentido de su propia existencia, construya vínculos, asuma responsabilidades y aprenda a entregarse a una comunidad, entonces seguimos necesitando educadores. No porque sepan más, sino porque viven con otros un camino que ninguna inteligencia artificial puede recorrer en lugar de ellos.
Por eso la escuela sigue siendo necesaria. No sólo porque enseña contenidos, sino porque ayuda a que cada generación descubra que la vida alcanza su plenitud cuando deja de preguntarse únicamente “¿qué puedo obtener?” y comienza a preguntarse “¿para quién puedo ser un don?”.
En esa pregunta, la pedagogía de Dios y la mejor tradición de la educación pública pueden encontrarse.
Ernesto Gabriel Cela - @ernestocela
jueves, junio 04, 2026
¿Para qué sirve la escuela cuando una máquina puede responder casi todo?
La reciente encíclica “Magnifica Humanitas” del Papa León XIV aborda uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo: la irrupción de la inteligencia artificial y las transformaciones que esta provoca en la vida humana.
Sin embargo, quien se acerque a sus páginas esperando una reflexión exclusivamente tecnológica se sorprenderá. La verdadera pregunta que atraviesa el documento no es qué pueden hacer las máquinas, sino qué significa seguir siendo humanos.Esta pregunta adquiere una importancia singular para quienes habitamos diariamente las escuelas secundarias de la Provincia de Buenos Aires. En un tiempo donde gran parte de la información está disponible en un teléfono celular y donde los sistemas de inteligencia artificial pueden responder preguntas, redactar textos, resolver problemas o elaborar informes en pocos segundos, la propuesta pedagógica de nuestras escuelas parece interpelada a revisar su propia identidad.
La pregunta parece inevitable: ¿para qué sirve la escuela cuando una máquina puede responder casi todo?
Muchos de nuestros docentes siguen identificando la función de la escuela con la transmisión de conocimientos. Si bien esa era una expresión posible de las tareas que le competen a las instituciones educativas en políticas educativas pasadas, hoy ya no resulta suficiente para explicar el sentido profundo de la educación. Si una máquina puede responder una pregunta, la misión de la escuela no puede limitarse a formular respuestas. Su tarea principal es ayudar a construir humanidad, esto es, a construir sentidos y mirada crítica sobre la propia experiencia del conocimiento.
León XIV advierte que el verdadero riesgo no es la existencia de tecnologías cada vez más sofisticadas, sino la posibilidad de reducir a las personas a criterios de eficiencia, rendimiento o utilidad. Cuando el valor de un ser humano comienza a medirse exclusivamente por lo que produce, consume o logra, la dignidad deja de ser reconocida como un don y pasa a convertirse en una mercancía. Esta lógica atraviesa también a nuestras instituciones educativas cuando los estudiantes son vistos únicamente desde sus calificaciones, sus inasistencias o sus dificultades.
Quienes recorremos las escuelas secundarias encontramos diariamente adolescentes que cargan sobre sus espaldas realidades complejas. Muchos trabajan para ayudar a sus familias. Otros cuidan hermanos menores. Algunos enfrentan situaciones de pobreza, violencia o consumos problemáticos. Muchos han experimentado el fracaso escolar o la sensación de que la escuela no tiene nada significativo para ofrecerles.
Frente a estas realidades, la pregunta central no debería ser solamente cómo mejorar indicadores o estadísticas, sino cómo construir una escuela capaz de reconocer la dignidad y las potencialidades de cada estudiante.
La encíclica propone una imagen bíblica especialmente sugerente: la diferencia entre Babel y Jerusalén. Babel representa el proyecto construido desde la lógica del poder, la uniformidad y la autosuficiencia. Jerusalén, en cambio, se reconstruye cuando cada persona aporta su esfuerzo para una obra común. Esta imagen ofrece una poderosa metáfora para pensar nuestras escuelas. Una institución educativa no puede ser una fábrica de resultados homogéneos ni una estructura burocrática dedicada a clasificar estudiantes. Está llamada a convertirse en una comunidad donde cada integrante encuentre un lugar para participar, aprender, enseñar y construir junto a otros.
En este contexto, la participación estudiantil adquiere una relevancia fundamental. Los Centros de Estudiantes, los proyectos de investigación, las propuestas solidarias, las experiencias artísticas, ambientales o comunitarias no son actividades accesorias. Constituyen espacios donde los jóvenes descubren que tienen una voz valiosa para aportar a la construcción colectiva. Allí aprenden ciudadanía, responsabilidad, compromiso y sentido de pertenencia.
La escuela del futuro quizás tenga menos certezas y más preguntas. Tal vez deba enseñar menos respuestas cerradas y más capacidad de discernimiento. Deberá formar jóvenes capaces de dialogar, pensar críticamente, trabajar con otros y asumir responsabilidades en una sociedad cada vez más compleja. Ninguna inteligencia artificial puede reemplazar la experiencia de sentirse escuchado, reconocido y acompañado por otros seres humanos.
La escuela seguirá siendo necesaria mientras existan niñas, niños, adolescentes y jóvenes que necesiten descubrir quiénes son, encontrar un lugar en el mundo, construir vínculos significativos y experimentar que forman parte de una comunidad. Porque una escuela no es simplemente un lugar donde se transmite información. Es un espacio donde se aprende a vivir con otros, a participar, a comprometerse y a soñar colectivamente.
Como sostiene León XIV, el verdadero progreso nace de un corazón abierto al otro, de una inteligencia dispuesta a escuchar y de una voluntad que busca aquello que une más que aquello que separa. Tal vez allí encontremos una clave para pensar la escuela secundaria que necesitamos: una escuela que no compita con la tecnología, sino que ayude a humanizarla; una escuela que no se limite a transmitir información, sino que acompañe a los jóvenes a descubrir quiénes son y qué mundo desean construir. Una escuela que los abrace y les habilite la posibilidad de expresarse con libertad y reconocimiento.
En tiempos de inteligencia artificial, la misión más importante de la escuela sigue siendo profundamente humana: ayudar a que cada estudiante descubra que su vida tiene valor, que posee algo único para ofrecer a los demás y que otro mundo más justo, fraterno y solidario es posible.
Lic. Prof. Ernesto Gabriel Cela - Instagram y X: @ernestocela
lunes, mayo 18, 2026
En Quilmes: semana de la “Laudato Si’”. La escuela pública y la construcción de una comunidad del cuidado
- Una sociedad donde nadie sobra.
- Donde la fragilidad no sea motivo de exclusión.
- Donde el otro no sea visto como amenaza o competencia.
- Donde la democracia no se reduzca únicamente al acto electoral sino que se construya cotidianamente desde la participación, la escucha y la responsabilidad colectiva.
sábado, abril 18, 2026
Amenazas de “tiroteo” en las escuelas: una preocupación que interpela a toda la sociedad.
jueves, marzo 19, 2026
Terrorismo de Estado y genocidio en Argentina: memoria, verdad y justicia.
Reflexión crítica sobre el terrorismo de Estado y el genocidio cometidos en Argentina durante la dictadura cívico-militar, y la importancia de la memoria, verdad y justicia en la vida democrática actual.
A 50 años del inicio de la última Dictadura En Argentina es necesario declarar que hubo terrorismo de Estado y genocidio.
No es una interpretación subjetiva ni una opinión aislada: el terrorismo de Estado en nuestro país se configuró como una práctica sistemática de represión, detenciones, desapariciones, torturas y asesinatos cometidos por el aparato estatal durante la dictadura cívico-militar de 1976-1983.
Las organizaciones de derechos humanos, numerosos historiadores y fallos judiciales han sostenido que estas acciones constituyeron un plan sistemático de exterminio de sectores sociales y políticos que cuestionaban al poder, en lo que muchos califican como genocidio político o político-social.
Negar estos hechos, relativizarlos o reivindicarlos no es un ejercicio académico: es un acto de negacionismo que hiere la memoria de quienes fueron víctimas y sus familias, y que contradice el conjunto de juicios de lesa humanidad, las políticas públicas de memoria y el consenso de amplios sectores de la sociedad sobre la importancia de recordar “nunca más”.
El terrorismo de Estado no fue un conjunto de “excesos” o “errores”, ni un enfrentamiento equitativo entre dos bandos armados. Fue una política de Estado que utilizó los recursos del aparato estatal para suprimir a quienes consideraba enemigos, con métodos clandestinos, violencia sistemática y violación sostenida de derechos humanos fundamentales.
La memoria de esos hechos —representada hoy en el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, que se conmemora cada 24 de marzo y cuyo aniversario este año 2026 son los 50 años — no es una evocación abstracta: es una condición para la democracia, una respuesta a quienes pretenden relativizar o justificar violencias estatales y una demanda por verdad y justicia para las víctimas y sus descendientes.
Sostener que hubo terrorismo de Estado y genocidio no es repetir un lema; es reconocer un hecho histórico complejo, construido sobre miles de testimonios, investigaciones y decisiones judiciales que buscan reparar, en lo posible, las consecuencias de un proyecto político que destruyó vidas, familias y tejido social. Los militares que perpetraron ese golpe de Estado planificaron, ejecutaron y sostuvieron un plan sistemático de exterminio sobre la población. También planificaron y de manera sistemática el robo de bebés como si fueran "trofeos de guerra".
El objetivo principal de la Dictadura, y también del genocidio, fue llevar adelante políticas económicas liberales que destruyeran el aparato productivo industrial, deteniendo el desarrollo tecnológico y soberano de la Argentina.
José Martínez de Hoz realizó una apertura indiscriminada de importanciones, llevó al pais a ser sólo un país agroexportador y de materias primas, sometido a la política de EEUU, país que sostuvo y financió los Golpes Militares en toda latinoamérica.
Estas políticas económicas profundizaron la injusticia social, aceleraron la migración del campo a las ciudades generando bolsones de pobreza y villas miserias.
Son las mismas políticas económicas que desde la Libertad Avanza proponen como novedosas pero que son el fundamento último del endeudamiento nacional que nos esclaviza y no permite el desarrollo genuino y con Justicia Social que anhelamos. Por este camino entregamos nuestra soberanía, nuestros recursos y la posibilidad de un desarrollo que incluya a todos y todas.
Por la Memoria y por respeto a los 30000 compañeres desaparecides.
MEMORIA, VERDAD y JUSTICIA - NUNCA MÁS el TERRORISMO DE ESTADO. A 50 años de aquella fatídica fecha del inicio de la Dictadura Militar, Civil y Eclesiástica - 24 de Marzo de 1976
Instagram y X : @ernestocela
jueves, marzo 12, 2026
Justicia curricular y participación estudiantil: horizontes de la secundaria actual
jueves, marzo 05, 2026
Haciendo historia: experiencias, escuela secundaria y sentido educativo
Testimonio sobre vivencias en la escuela secundaria, el valor de las trayectorias educativas y la construcción colectiva de sentido en contextos de desigualdad y derecho a aprender.
Haciendo historia no es solo un título: es la manera en que cada encuentro, cada decisión y cada situación escolar se inscribe en las trayectorias de estudiantes y docentes.
Las escuelas secundarias son mucho más que edificios o programas: son lugares donde se cruzan historias de vida, expectativas, dificultades, resistencias y esperanzas.
Recuerdo con especial intensidad momentos en los que, más allá de los contenidos formales, lo que realmente importaba era abrir espacios de escucha, de reconocimiento y de comprensión.
Así me pasó con Juan, un estudiante con el que me resultaba difícil construir un vínculo dada su predisposición a la violencia y la falta de respeto. Uno de esos días lo llamé aparte y le pregunté directamente cómo creía que podía ayudarlo en la clase. Me miró extrañado por lo directo de mi pregunta pero con la misma sinceridad me respondió... "Y a Ud ¿qué le importa?" Ahí comprendí que debía recorrer un largo camino para demostrarle que sí me importaba, no tanto por los resultados académicos que pudiese lograr, sino porque de verdad siempre creí que la clave de una buena comunicación es mirar al otro con el interés de ser lo mejor para él.
Porque enseñar no es solo la construcción o el compartir saberes curriculares, sino acompañar procesos de sentido: cuando alguien deja de verse afuera del mundo para convertirse en sujeto de su propia historia. Es sólo cuando descubren que otro puede aceptar sus historias como vienen cuando es posible que se abran a un proceso de sentido que deben descubrir.
En la escuela pública, estos procesos se constituyen en medio de tensiones concretas: desigualdad social, trayectorias interrumpidas, soportes familiares frágiles y políticas públicas que no siempre son las más adecuadas. Y sin embargo, cada paso significativo dado por una persona joven —una pregunta que abre otro horizonte, una afirmación de pensamiento propio, una conquista de lenguaje o de concepto— se traduce en un avance ético y educativo que, modestamente, el sistema escolar reclama y necesita.
Estas experiencias —a veces pequeñas en apariencia, pero hondas en su impacto— muestran que hacer historia es también resistir a la simplificación, respetar las singularidades de cada trayectoria y sostener la idea de que aprender es un proceso dialógico, situado y colectivo. La escuela no es un espacio de instrucción, sino un lugar de apuestas compartidas sobre quiénes podemos ser y qué mundo queremos construir.
Cuando pienso en “hacer historia” no me refiero solo a memorias personales, sino a la construcción de tiempo educativo que deja marcas duraderas en estudiantes y docentes. Son esas marcas —no los resultados de un examen— las que, con el paso del tiempo, revelan una historia de sentido, de transformaciones reales y de proyectos de vida que proliferan incluso en contextos difíciles.
Inspector de Enseñanza Secundaria
jueves, febrero 26, 2026
Competencias digitales, escuela secundaria y desigualdad: qué enseñamos y para qué
jueves, febrero 19, 2026
La alegría de aprender y la tarea del educador: compromiso, emancipación y sentido
La alegría de aprender no es un accesorio de la educación: es su condición de posibilidad.
Cuando les pibes descubren algo por primera vez —cuando conectan una pregunta con una respuesta propia— surge, espontánea y verdadera, una forma de alegría que es a la vez cognitiva y afectiva. Esta dimensión, presente en experiencias educativas genuinas, apunta a que aprender no sea una carga, sino una construcción significativa de sentido y de sí mismos.
Paulo Freire ya señalaba que el educador no puede cansarse de la alegría del educando en el descubrimiento: si el docente deja de alegrarse con ese proceso, corre el riesgo de burocratizarse, de perder el sentido ético y político de su práctica. La competencia científica, técnica y filosófica son indispensables, pero su efecto emancipador solo se actualiza cuando se conjugan con relaciones pedagógicas que reconocen la humanidad y la dignidad de cada estudiante.
La pedagogía de la alegría no se reduce a una atmósfera distendida o a actividades lúdicas superficiales. Implica comprender que el aprendizaje se potencia cuando se generan vínculos de confianza, curiosidad y exploración auténtica, y cuando se reconoce que el sujeto que aprende no es receptáculo pasivo, sino agente activo de su propio proceso cognitivo. La investigación contemporánea muestra que la alegría y el entusiasmo en el aprendizaje no solo favorecen la atención y la motivación, sino también el desarrollo de habilidades sociales y emocionales —condiciones para sostener trayectorias educativas complejas— y dejan impresiones profundas en la relación entre enseñar y aprender.
En la escuela secundaria, donde los desafíos son múltiples, sostener esta alegría exige políticas públicas que no conviertan el aprendizaje en mera evaluación cuantitativa, sino que propicien espacios donde el pensamiento crítico, la colaboración y la creatividad puedan florecer. La alegría de aprender se traduce en prácticas pedagógicas que humanizan la enseñanza, que articulan saberes con experiencias reales y que respetan los tiempos propios de cada estudiante.
El educador —como pensador, guía y compañero de trayectorias— tiene la responsabilidad de crear y sostener estas condiciones, sin resignarse a rutinas administrativas que aplanan la singularidad del encuentro educativo. Porque enseñar con alegría no es negar los conflictos o las dificultades, sino hacer visible la riqueza del proceso de aprender, reencontrando en cada pibe ese brillo que funda todo proyecto educativo democrático.
El problema actual de la educación puede pasar porque... "Ahora, lo que pasa en educación es que casi siempre 'engullimos' contenidos. Pero hay que hacer más que eso. Los chicos tienen que conocer" Y más adelante afirma: "La educación refleja la estructura del poder y ahí la dificultad para el educador dialógico de actuar coherente en una estructura que niega el diálogo. Enfrentar la negativa al diálogo por parte de los educandos, no negando el diálogo, asumiéndolo como tema de análisis y discusión, es una salida posible.
Ahora podemos preguntarnos: ¿Qué diferencia al intelectual del que piensa desde la villa ante la pregunta: "¿Qué es una villa?" El sociólogo dirá: La villa es una situación socio-patológica... el que piensa desde la villa dirá: "En la villa no tenemos agua". Su descripción es la de lo concreto, no la del concepto. El lenguaje de la clase popular es tan concreto como concreta es su vida misma. La conceptualización es como si, en un instante, "Villa" fuese apenas un concepto y no la dramática situación concreta que no logro alcanzar. En lugar de entender la mediación del concepto en la comprensión de lo concreto, nos quedamos en el concepto, perdidos en su pura descripción.
"Esto no es conocer. Y es contra esto que yo estoy y voy a seguir estando..." termina diciendo Paulo Freire. y yo suscribo totalmente.
Lic. Prof. Ernesto Gabriel Cela
jueves, febrero 12, 2026
La tarea docente hoy: prácticas conscientes, política y derechos.
Reflexionar sobre qué significa ser docente hoy no es solo una cuestión de técnicas, métodos o planificaciones: es preguntarse por el lugar que ocupamos en una trama social, política y cultural donde la escuela se juega todos los días el derecho a aprender, a pensar y a construir ciudadanía.
Ser docente implica definir nuestra relación con el conocimiento (tanto en su producción como en su transposición), pero también implica comprender que las prácticas áulicas no son neutrales: están atravesadas por condiciones estructurales de inequidad, por políticas públicas que a veces abandonan a estudiantes y/o por lógicas sociales que configuran las subjetividades de quienes enseñamos y de quienes aprenden.
Desde la didáctica general sabemos que hay estrategias de enseñanza y de aprendizaje. Pero no hay pedagogía fuera de la política: las decisiones que tomamos sobre qué y cómo enseñar, qué evaluar, qué priorizar, siempre configuran sujetos, porque no solo transmiten contenidos, sino también valores, expectativas y modos de situarse en el mundo.
Por eso, no alcanza con dominar técnicas. Para ser docentes responsables en contextos complejos se necesita:
-
justicia y equidad en el trato con las y los estudiantes;
-
dominio de las disciplinas que enseñamos;
-
intencionalidad pedagógica y ética que reconozca las condiciones de vida de cada persona;
-
capacidad de corregir, sostener y acompañar en contextos donde la desigualdad social todavía marca fuertemente las trayectorias educativas.
Lo que hacemos en el aula no es un mero traslado de contenidos, sino la construcción de condiciones para la emancipación: enseñar a observar, analizar, formular hipótesis, encontrar soluciones, discutir y apropiarse del propio saber. Esto no ocurre fuera de las tensiones sociales: las escuelas están insertas en realidades donde las políticas públicas de educación, salud, cultura y protección social influyen —y muchas veces determinan— las posibilidades reales de aprender y de enseñar.
Ser consciente de esas implicancias sociopolíticas no es optar por una postura ideológica abstracta: es comprender que nuestras prácticas pueden reproducir o transformar las condiciones que enfrentan las infancias y juventudes. Por eso, hoy más que nunca, la labor docente es una tarea política —en el mejor sentido de la palabra— porque implica afirmar la escuela pública como **espacio de derechos, de igualdad y de sentido común emancipado—no de conformismo— en un mundo que reclama atención, justicia y cuidado para todas y todos.
En este marco, la implementación del nuevo Régimen Académico para la Educación Secundaria expresa una definición clara de política educativa: no resignar el derecho a aprender, aun cuando las trayectorias estén atravesadas por interrupciones, desigualdades o condiciones adversas. El Régimen no propone bajar expectativas ni diluir la enseñanza, sino reorganizar el tiempo, las prácticas y las responsabilidades institucionales para que la escuela pueda responder de manera más justa y efectiva a la diversidad de situaciones reales que transitan las y los estudiantes.
El período de intensificación de la enseñanza, en particular, no debe ser leído como un “parche” ni como un espacio residual destinado a quienes “no pudieron” aprender, sino como una instancia pedagógica con sentido propio, que exige planificación, acuerdos colectivos y un posicionamiento docente activo. Intensificar es volver a enseñar, de otro modo y con otras estrategias; es asumir que el aprendizaje no ocurre siempre en los mismos tiempos ni bajo las mismas condiciones, y que garantizar el derecho a la educación implica multiplicar las oportunidades de aprender, no clausurarlas mediante lógicas selectivas o expulsivas.
Lic. Prof. Ernesto Gabriel Cela







