La alegría de aprender no es un accesorio de la educación: es su condición de posibilidad.
Cuando les pibes descubren algo por primera vez —cuando conectan una pregunta con una respuesta propia— surge, espontánea y verdadera, una forma de alegría que es a la vez cognitiva y afectiva. Esta dimensión, presente en experiencias educativas genuinas, apunta a que aprender no sea una carga, sino una construcción significativa de sentido y de sí mismos.
Paulo Freire ya señalaba que el educador no puede cansarse de la alegría del educando en el descubrimiento: si el docente deja de alegrarse con ese proceso, corre el riesgo de burocratizarse, de perder el sentido ético y político de su práctica. La competencia científica, técnica y filosófica son indispensables, pero su efecto emancipador solo se actualiza cuando se conjugan con relaciones pedagógicas que reconocen la humanidad y la dignidad de cada estudiante.
La pedagogía de la alegría no se reduce a una atmósfera distendida o a actividades lúdicas superficiales. Implica comprender que el aprendizaje se potencia cuando se generan vínculos de confianza, curiosidad y exploración auténtica, y cuando se reconoce que el sujeto que aprende no es receptáculo pasivo, sino agente activo de su propio proceso cognitivo. La investigación contemporánea muestra que la alegría y el entusiasmo en el aprendizaje no solo favorecen la atención y la motivación, sino también el desarrollo de habilidades sociales y emocionales —condiciones para sostener trayectorias educativas complejas— y dejan impresiones profundas en la relación entre enseñar y aprender.
En la escuela secundaria, donde los desafíos son múltiples, sostener esta alegría exige políticas públicas que no conviertan el aprendizaje en mera evaluación cuantitativa, sino que propicien espacios donde el pensamiento crítico, la colaboración y la creatividad puedan florecer. La alegría de aprender se traduce en prácticas pedagógicas que humanizan la enseñanza, que articulan saberes con experiencias reales y que respetan los tiempos propios de cada estudiante.
El educador —como pensador, guía y compañero de trayectorias— tiene la responsabilidad de crear y sostener estas condiciones, sin resignarse a rutinas administrativas que aplanan la singularidad del encuentro educativo. Porque enseñar con alegría no es negar los conflictos o las dificultades, sino hacer visible la riqueza del proceso de aprender, reencontrando en cada pibe ese brillo que funda todo proyecto educativo democrático.
El problema actual de la educación puede pasar porque... "Ahora, lo que pasa en educación es que casi siempre 'engullimos' contenidos. Pero hay que hacer más que eso. Los chicos tienen que conocer" Y más adelante afirma: "La educación refleja la estructura del poder y ahí la dificultad para el educador dialógico de actuar coherente en una estructura que niega el diálogo. Enfrentar la negativa al diálogo por parte de los educandos, no negando el diálogo, asumiéndolo como tema de análisis y discusión, es una salida posible.
Ahora podemos preguntarnos: ¿Qué diferencia al intelectual del que piensa desde la villa ante la pregunta: "¿Qué es una villa?" El sociólogo dirá: La villa es una situación socio-patológica... el que piensa desde la villa dirá: "En la villa no tenemos agua". Su descripción es la de lo concreto, no la del concepto. El lenguaje de la clase popular es tan concreto como concreta es su vida misma. La conceptualización es como si, en un instante, "Villa" fuese apenas un concepto y no la dramática situación concreta que no logro alcanzar. En lugar de entender la mediación del concepto en la comprensión de lo concreto, nos quedamos en el concepto, perdidos en su pura descripción.
"Esto no es conocer. Y es contra esto que yo estoy y voy a seguir estando..." termina diciendo Paulo Freire. y yo suscribo totalmente.
Lic. Prof. Ernesto Gabriel Cela

No hay comentarios.:
Publicar un comentario