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domingo, octubre 18, 2026

DIOS ES COMUNIÓN: Una humanidad llamada al encuentro.

Una humanidad en camino — Segunda reflexión

En nuestra primera reflexión, el artículo anterior, nos preguntábamos si todo avance tecnológico constituye necesariamente un progreso humano. Reconocíamos que la humanidad ha desarrollado capacidades científicas extraordinarias, pero que esos avances conviven con situaciones de pobreza, hambre, violencia y exclusión.


Terminábamos planteando que ningún camino puede considerarse verdaderamente humano si para avanzar necesita dejar a otros atrás, si sigue validando la cultura del "descarte".

Pero aquella reflexión nos conduce a una pregunta todavía más profunda: ¿qué entendemos por humano? ¿Qué significa construir una sociedad verdaderamente humana?

Las respuestas no son sencillas y no pretendemos aquí dar una respuesta acabada, pero si sentimos la necesidad de plantear una propuesta.   

A lo largo de la historia, la filosofía, las ciencias y las distintas tradiciones religiosas han intentado comprender qué nos constituye como personas y cuál es el sentido de nuestra existencia.

Desde nuestra fe cristiana encontramos una respuesta que no pretende imponerse a quienes piensan diferente, sino ofrecerse como una propuesta de vida, una invitación a construir relaciones más fraternas y solidarias.

Un Dios que no es soledad, sino comunión

Los cristianos creemos en un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Un Dios trinitario que no puede comprenderse como un ser aislado, encerrado en sí mismo, sino como misterio de amor y comunión.

El teólogo latinoamericano Leonardo Boff, en su obra La Trinidad, la sociedad y la liberación, nos invita a contemplar la Trinidad como inspiración para pensar nuestras relaciones humanas y la organización de la sociedad.

En Dios, la unidad no significa uniformidad ni la diferencia implica desigualdad. La comunión trinitaria expresa una relación de amor en la que ninguna persona divina existe separada de las otras.

Esta comprensión de Dios tiene profundas consecuencias para nuestra manera de entender la humanidad.

El libro del Génesis nos presenta al ser humano creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26-27). Si creemos que Dios es comunión, entonces nuestra vocación humana también encuentra su sentido en la relación con los demás.  No estamos llamados a realizarnos unos contra otros, sino unos con otros.

La persona humana no alcanza su plenitud mediante la acumulación de poder, riquezas o prestigio. Nuestra humanidad se desarrolla en la capacidad de amar, compartir, reconocer al otro y construir comunidad.

La libertad que se realiza en el servicio

Esta concepción puede resultar contradictoria con algunos valores que predominan en nuestra sociedad, en particular en alguna propuesta política de nuestro país.

Vivimos en una cultura que frecuentemente identifica la libertad con la posibilidad de hacer lo que deseamos, competir para alcanzar el éxito individual y acumular bienes como expresión de realización personal.  Sin embargo, Jesús nos propone otro camino.


Cuando sus discípulos discuten acerca de quién es el más importante, les enseña: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9,35).

No se trata de negar nuestra individualidad ni de renunciar al legítimo cuidado de nosotros mismos. Se trata de comprender que la libertad encuentra un sentido más profundo cuando se orienta hacia el bien de los demás.

Somos verdaderamente libres cuando podemos elegir amar, compartir y servir, sin quedar prisioneros del egoísmo y de la ambición de poder.

Esta propuesta no es solamente una invitación a desarrollar virtudes personales.  También cuestiona las relaciones sociales y económicas que convierten la competencia, la acumulación y el dominio sobre otros en criterios fundamentales de organización de la sociedad.

Una sociedad inspirada en la comunión no puede aceptar como natural que algunos concentren riquezas extraordinarias mientras millones de personas carecen de lo indispensable para vivir dignamente.

El encuentro con Dios en el rostro del otro

La fe cristiana nos propone algo todavía más desafiante: reconocer que nuestra relación con Dios no puede separarse de nuestra relación con los demás.

Jesús se identifica particularmente con quienes padecen hambre, sed, enfermedad, exclusión o abandono. En el Evangelio de Mateo nos dice: «Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40).

Aquí encontramos una respuesta a otra pregunta fundamental: ¿dónde se encuentra lo divino en nuestra experiencia humana?

Desde la fe, Dios no se reduce a nuestras ideas, a los templos o a las prácticas religiosas. Se hace presente en la historia y nos llama al encuentro, especialmente en aquellos cuya dignidad es desconocida o vulnerada.

La teología de la liberación ha profundizado esta comprensión mediante la opción preferencial por los pobres.  No se trata solamente de ayudar a quienes sufren, sino también de reconocer las causas de su sufrimiento y comprometernos con la transformación de las condiciones que producen injusticia.

La comunión no puede construirse sobre la indiferencia. Tampoco puede existir auténtica fraternidad donde se naturalizan la exclusión y la desigualdad.

Una propuesta de humanidad para nuestro tiempo

La concepción trinitaria de Dios no pretende ofrecernos un modelo político que podamos trasladar mecánicamente a la sociedad. Pero sí nos presenta un horizonte desde el cual revisar nuestras relaciones, nuestras instituciones y nuestras decisiones.

Frente al individualismo, propone comunidad. Frente a la competencia que excluye, solidaridad. Frente a la dominación, servicio. Frente a la indiferencia, encuentro.

Y esta propuesta adquiere particular importancia en una época en la que las capacidades tecnológicas parecen crecer mucho más rápidamente que nuestra disposición a compartir sus beneficios.

La inteligencia artificial y los demás desarrollos científicos pueden convertirse en herramientas extraordinarias para mejorar la vida humana. Pero necesitan estar orientados por decisiones éticas y políticas que reconozcan la dignidad de todas las personas.  Desde nuestra fe, creemos que el sentido de esos avances debe encontrarse en el servicio a la vida, en el cuidado de la creación y en la construcción de una sociedad donde nadie sea considerado descartable.

La humanidad no se realiza solamente por aquello que es capaz de producir, sino por las relaciones que construye y por el sentido que otorga a sus capacidades.

Quizás el desafío de nuestro tiempo no sea solamente desarrollar tecnologías cada vez más inteligentes, sino aprender a construir relaciones cada vez más humanas.

Si creemos en un Dios que es comunión de amor, nuestra vocación no puede ser otra que construir una humanidad donde todos tengan un lugar, donde las diferencias sean reconocidas y donde la dignidad de cada persona encuentre posibilidades reales de realización.

Porque el encuentro con Dios no nos aleja de la historia ni de los problemas de nuestro tiempo. Por el contrario, nos compromete profundamente con ellos.

Y tal vez sea precisamente allí, en el encuentro con los otros y especialmente con quienes más sufren, donde comenzamos a descubrir el verdadero sentido de nuestra humanidad y también nuestra responsabilidad sobre el cuidado del planeta.


Lic. Prof. Ernesto Gabriel Cela - Instagram y X: @ernestocela

jueves, agosto 06, 2026

La pedagogía del encuentro: reconstruir el sentido de estar en la escuela.

Vivimos una paradoja difícil de ignorar. Nunca la humanidad dispuso de tantas posibilidades para comunicarse y, sin embargo, nunca fueron tan frecuentes las experiencias de soledad.    Las redes sociales multiplican los contactos, la inteligencia artificial responde nuestras preguntas en segundos y las tecnologías nos mantienen permanentemente conectados.   Pero, al mismo tiempo, crecen el aislamiento, la fragmentación de los vínculos, los problemas de salud mental y, de manera especialmente dolorosa, los intentos de suicidio entre adolescentes y jóvenes.


Frente a este escenario, me pregunto si no estamos llamados a volver la mirada hacia una dimensión esencial de la escuela que, por momentos, parece haber quedado relegada: su capacidad para generar encuentros.


Esta mañana compartíamos esta reflexión con compañeras inspectoras. Una de ellas expresaba una experiencia que seguramente muchos docentes reconocerán como propia:  

“Ir a la escuela para mí significaba no sólo la tarea de enseñar, sino también el mate compartido en el recreo con mis compañeras, el momento de charla y encuentro con las docentes y el diálogo con las familias. Hoy el creciente conflicto, el aislamiento que produce la sobrecarga de lo administrativo y las familias que llegan a la escuela con agresión y sin confianza hacia los docentes atentan contra ese deseo de ir y estar en la escuela.”


Su testimonio me llevó a pensar que una escuela puede seguir funcionando y, sin embargo, ir perdiendo lentamente aquello que le da vida: el deseo de habitarla.   Durante mucho tiempo la tarea docente estuvo sostenida por una trama de vínculos cotidianos.   Las conversaciones en los recreos, la planificación compartida, el intercambio espontáneo entre colegas, el acompañamiento mutuo frente a las dificultades y la confianza construida con las familias formaban parte de la experiencia educativa, aunque pocas veces aparecieran en los diseños curriculares o en los documentos institucionales.


Hoy esa trama aparece tensionada por múltiples factores: la creciente carga administrativa, la judicialización de los conflictos, la pérdida de confianza entre la escuela y las familias, la aceleración de los tiempos y una cultura que privilegia cada vez más el rendimiento individual por sobre la construcción colectiva.


Las consecuencias no se limitan al clima laboral. También impactan en las trayectorias educativas de los estudiantes. El aumento de las licencias docentes, por múltiples causas que merecen ser comprendidas con responsabilidad y profundidad, repercute inevitablemente en la continuidad pedagógica y en la estabilidad de los procesos de enseñanza y aprendizaje.


Por eso pienso que reconstruir el sentido de estar presentes en la escuela constituye hoy una necesidad pedagógica y también humana.   La pedagogía del encuentro no debería entenderse como un conjunto de actividades destinadas a mejorar la convivencia. Es mucho más que eso. Es una manera de comprender qué significa educar.


Porque el encuentro no sólo cuida a las personas. También transforma la manera en que aprendemos.


Durante mucho tiempo asociamos el aprendizaje con la incorporación individual de información. Sin embargo, las investigaciones pedagógicas y la experiencia cotidiana muestran que los aprendizajes más profundos nacen cuando las personas investigan juntas, dialogan, argumentan, confrontan ideas, resuelven problemas compartidos y construyen sentidos comunes.   No aprendemos únicamente contenidos; aprendemos también una manera de relacionarnos con el conocimiento.


No es igual memorizar una respuesta que participar en su construcción. No es igual recibir una explicación que formar parte de una búsqueda colectiva.    Cuando un proyecto convoca a estudiantes y docentes a pensar juntos, el aprendizaje deja de ser una simple acumulación de datos para convertirse en una experiencia compartida. Lo que permanece en la memoria no es sólo la información adquirida, sino el camino recorrido junto a otros para comprenderla.


Por eso el modo de enseñar nunca es indiferente.   Cada práctica pedagógica transmite también una determinada concepción del ser humano. Una enseñanza centrada exclusivamente en el rendimiento individual puede reforzar, sin proponérselo, la lógica de la competencia y del aislamiento. Una pedagogía del encuentro, en cambio, enseña que el conocimiento puede construirse cooperando, escuchando, preguntando y reconociendo el aporte del otro.


Quizás hoy, cuando la inteligencia artificial puede ofrecer respuestas inmediatas a casi cualquier consulta, la misión de la escuela se vuelva todavía más clara.     Las máquinas podrán proporcionar información cada vez con mayor precisión. Pero ninguna podrá reemplazar la experiencia profundamente humana de un grupo que investiga, duda, se equivoca, rectifica, dialoga y finalmente comprende algo en común.  Porque ese proceso no sólo produce conocimiento.  Produce comunidad.


Mientras escribo estas líneas vuelve a mi memoria una escena que marcó profundamente mi formación salesiana. Don Bosco encuentra a Bartolomé Garelli después de que un sacristán lo expulsara de la iglesia a escobazos. No comienza interrogándolo sobre el catecismo ni sobre lo que sabe. Le hace una pregunta inesperada:

—¿Sabés silbar?

Bartolomé sonríe.

Y desde esa sencilla pregunta nace una relación que terminará transformando una vida.

Don Bosco comprendió que antes de enseñar había que encontrarse con la persona. Que antes del contenido estaba el vínculo. Que nadie aprende verdaderamente de quien antes no lo ha reconocido en su dignidad.


También el papa Francisco insistió durante todo su pontificado en la necesidad de promover una verdadera cultura del encuentro frente a la cultura del descarte. Tal vez esa expresión encuentre en la escuela uno de sus espacios más fecundos.   Pienso entonces que los proyectos institucionales del presente deberían preguntarse menos qué actividades nuevas incorporar y más qué oportunidades de encuentro están creando cada día.

  • Encuentro entre estudiantes.
  • Entre docentes.
  • Entre docentes y familias.
  • Entre directivos y equipos.
  • Entre la escuela y su comunidad.

Porque educar no consiste solamente en transmitir conocimientos.   Consiste, sobre todo, en ayudar a que cada persona pueda descubrir que su vida tiene sentido porque es significativa para otros.  


En una época que multiplica la información pero corre el riesgo de empobrecer los vínculos, quizás la misión más revolucionaria de la escuela sea precisamente esta: seguir siendo uno de los pocos lugares donde las personas aprenden juntas, trabajan juntas, se cuidan mutuamente y descubren que el conocimiento, cuando nace del encuentro, también construye humanidad.


Lic. Prof. Ernesto Gabriel Cela - Instagram y X: @ernestocela

martes, junio 09, 2009

Repensar la practica escolar

La pedagogía propuesta por Paulo Freire sin dudas cuestiona nuestras prácticas pedagógicas.

Pero el cuestionamiento sobre las prácticas pedagógicas que realizamos debe ser una actitud constante en nosotros, tanto por los objetivos que perseguimos lograr en los alumnos como por la ideología, la política y la cultura que estamos suponiendo con esas prácticas.

Nuestra acción educativa, el encuentro escolar, no es neutro en este sentido.

Si a esta práctica escolar agregamos la presencia de la tecnología educativa, la reflexión sobre cómo la usamos y para qué la usamos será una necesidad más patente.

Los invito a ver este video donde en pocas palabras el mismo Paulo Freire explica los ejes centrales de su propuesta pedagógica. Nos queda a nosotros pensar cómo usaremos luego la tecnología para que esta práctica pedagógica pueda hacerse realidad.