Hay una pregunta que me acompaña desde hace tiempo: ¿qué puede aprender la educación de la manera en que Dios educa a la humanidad?
La historia de la salvación no es solamente una sucesión de acontecimientos religiosos. Es, sobre todo, una historia pedagógica.
Dios no crea seres terminados. Forma un pueblo. Educa una libertad. Acompaña procesos. Respeta los tiempos. No elimina las caídas, sino que las convierte en ocasión de aprendizaje y de alianza renovada.
Jesús lleva esa pedagogía a su plenitud. No funda una escuela en el sentido clásico. Forma discípulos caminando con ellos. Les hace preguntas antes de ofrecer respuestas. Los envía antes de considerarlos completamente preparados. Corrige sin humillar. Exige sin excluir. Confía incluso después del fracaso.
La cruz constituye el momento culminante de esa pedagogía. En la Última Cena, Jesús interpreta anticipadamente el sentido de su vida:
«Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes.»
La enseñanza definitiva no consiste en una explicación, sino en una existencia entregada.
La Carta a los Hebreos comprenderá que en ese gesto se revela el único sacerdocio de Cristo: el sacerdote y la víctima son la misma persona. Desde entonces, participar de Cristo significa aprender a hacer de la propia vida una ofrenda.
Quizás aquí exista una clave para pensar también la educación. Si educar es simplemente transmitir información, las máquinas podrán hacerlo cada vez mejor.
Pero si educar consiste en acompañar a una persona para que descubra el sentido de su propia existencia, construya vínculos, asuma responsabilidades y aprenda a entregarse a una comunidad, entonces seguimos necesitando educadores. No porque sepan más, sino porque viven con otros un camino que ninguna inteligencia artificial puede recorrer en lugar de ellos.
Por eso la escuela sigue siendo necesaria. No sólo porque enseña contenidos, sino porque ayuda a que cada generación descubra que la vida alcanza su plenitud cuando deja de preguntarse únicamente “¿qué puedo obtener?” y comienza a preguntarse “¿para quién puedo ser un don?”.
En esa pregunta, la pedagogía de Dios y la mejor tradición de la educación pública pueden encontrarse.