Mostrando las entradas con la etiqueta Educación. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Educación. Mostrar todas las entradas

jueves, junio 04, 2026

¿Para qué sirve la escuela cuando una máquina puede responder casi todo?

La reciente encíclica “Magnifica Humanitas” del Papa León XIV aborda uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo: la irrupción de la inteligencia artificial y las transformaciones que esta provoca en la vida humana.

Sin embargo, quien se acerque a sus páginas esperando una reflexión exclusivamente tecnológica se sorprenderá. La verdadera pregunta que atraviesa el documento no es qué pueden hacer las máquinas, sino qué significa seguir siendo humanos.

Esta pregunta adquiere una importancia singular para quienes habitamos diariamente las escuelas secundarias de la Provincia de Buenos Aires. En un tiempo donde gran parte de la información está disponible en un teléfono celular y donde los sistemas de inteligencia artificial pueden responder preguntas, redactar textos, resolver problemas o elaborar informes en pocos segundos, la propuesta pedagógica de nuestras escuelas parece interpelada a revisar su propia identidad.

La pregunta parece inevitable: ¿para qué sirve la escuela cuando una máquina puede responder casi todo?

Muchos de nuestros docentes siguen identificando la función de la escuela con la transmisión de conocimientos. Si bien esa era una expresión posible de las tareas que le competen a las instituciones educativas en políticas educativas pasadas, hoy ya no resulta suficiente para explicar el sentido profundo de la educación. Si una máquina puede responder una pregunta, la misión de la escuela no puede limitarse a formular respuestas. Su tarea principal es ayudar a construir humanidad, esto es, a construir sentidos y mirada crítica sobre la propia experiencia del conocimiento.

León XIV advierte que el verdadero riesgo no es la existencia de tecnologías cada vez más sofisticadas, sino la posibilidad de reducir a las personas a criterios de eficiencia, rendimiento o utilidad. Cuando el valor de un ser humano comienza a medirse exclusivamente por lo que produce, consume o logra, la dignidad deja de ser reconocida como un don y pasa a convertirse en una mercancía. Esta lógica atraviesa también a nuestras instituciones educativas cuando los estudiantes son vistos únicamente desde sus calificaciones, sus inasistencias o sus dificultades.

Quienes recorremos las escuelas secundarias encontramos diariamente adolescentes que cargan sobre sus espaldas realidades complejas. Muchos trabajan para ayudar a sus familias. Otros cuidan hermanos menores. Algunos enfrentan situaciones de pobreza, violencia o consumos problemáticos. Muchos han experimentado el fracaso escolar o la sensación de que la escuela no tiene nada significativo para ofrecerles.

Frente a estas realidades, la pregunta central no debería ser solamente cómo mejorar indicadores o estadísticas, sino cómo construir una escuela capaz de reconocer la dignidad y las potencialidades de cada estudiante.

La encíclica propone una imagen bíblica especialmente sugerente: la diferencia entre Babel y Jerusalén. Babel representa el proyecto construido desde la lógica del poder, la uniformidad y la autosuficiencia. Jerusalén, en cambio, se reconstruye cuando cada persona aporta su esfuerzo para una obra común. Esta imagen ofrece una poderosa metáfora para pensar nuestras escuelas. Una institución educativa no puede ser una fábrica de resultados homogéneos ni una estructura burocrática dedicada a clasificar estudiantes. Está llamada a convertirse en una comunidad donde cada integrante encuentre un lugar para participar, aprender, enseñar y construir junto a otros.

En este contexto, la participación estudiantil adquiere una relevancia fundamental. Los Centros de Estudiantes, los proyectos de investigación, las propuestas solidarias, las experiencias artísticas, ambientales o comunitarias no son actividades accesorias. Constituyen espacios donde los jóvenes descubren que tienen una voz valiosa para aportar a la construcción colectiva. Allí aprenden ciudadanía, responsabilidad, compromiso y sentido de pertenencia.

La escuela del futuro quizás tenga menos certezas y más preguntas. Tal vez deba enseñar menos respuestas cerradas y más capacidad de discernimiento. Deberá formar jóvenes capaces de dialogar, pensar críticamente, trabajar con otros y asumir responsabilidades en una sociedad cada vez más compleja. Ninguna inteligencia artificial puede reemplazar la experiencia de sentirse escuchado, reconocido y acompañado por otros seres humanos.

La escuela seguirá siendo necesaria mientras existan niñas, niños, adolescentes y jóvenes que necesiten descubrir quiénes son, encontrar un lugar en el mundo, construir vínculos significativos y experimentar que forman parte de una comunidad. Porque una escuela no es simplemente un lugar donde se transmite información. Es un espacio donde se aprende a vivir con otros, a participar, a comprometerse y a soñar colectivamente.

Como sostiene León XIV, el verdadero progreso nace de un corazón abierto al otro, de una inteligencia dispuesta a escuchar y de una voluntad que busca aquello que une más que aquello que separa. Tal vez allí encontremos una clave para pensar la escuela secundaria que necesitamos: una escuela que no compita con la tecnología, sino que ayude a humanizarla; una escuela que no se limite a transmitir información, sino que acompañe a los jóvenes a descubrir quiénes son y qué mundo desean construir. Una escuela que los abrace y les habilite la posibilidad de expresarse con libertad y reconocimiento.

En tiempos de inteligencia artificial, la misión más importante de la escuela sigue siendo profundamente humana: ayudar a que cada estudiante descubra que su vida tiene valor, que posee algo único para ofrecer a los demás y que otro mundo más justo, fraterno y solidario es posible.

Lic. Prof. Ernesto Gabriel Cela - Instagram y X: @ernestocela

lunes, mayo 18, 2026

En Quilmes: semana de la “Laudato Si’”. La escuela pública y la construcción de una comunidad del cuidado

En la Diócesis de Quilmes, de la que participo como hermano en la Comunidad de la Capilla Ntra Sra de Itatí Monte Matadero de Bernal, esta semana estamos invitados a reflexionar y poner en práctica las orientaciones y propuestas que el Papa Francisco realizó en su encíclica Laudato Si’, que literalmente toma las primeras palabras del cántico a la creación de San Francisco de Asís: “Alabado seas”. 

 Desde esa expresión profundamente espiritual y humana, Francisco construye una de las críticas más profundas al modelo cultural, económico y social dominante, al mismo tiempo que propone recuperar el sentido comunitario, el cuidado de la casa común y la responsabilidad colectiva frente al futuro de la humanidad. 

 En tiempos atravesados por el individualismo, la competencia permanente y la lógica del descarte, la encíclica Laudato Si’ emerge como una profunda interpelación ética, política y pedagógica. 

Lejos de limitarse a una reflexión “ecológica” en sentido restringido, constituye una crítica integral al modelo de sociedad construido bajo las lógicas del neoliberalismo y una invitación a reconstruir la vida comunitaria desde el cuidado, la solidaridad y la participación democrática. 

 Francisco advierte que la crisis ambiental no puede separarse de la crisis social.   El deterioro de la naturaleza, la exclusión de millones de personas, la fragmentación de los vínculos humanos y la pérdida del sentido comunitario forman parte de un mismo problema cultural.   Por eso plantea la necesidad de una “ecología integral”, donde el cuidado de la casa común incluye también el cuidado de las personas, especialmente de quienes más sufren. 

 En este marco, Pensar la escuela adquiere un lugar profundamente político y transformador. 

 No político en el sentido partidario, sino como espacio donde todavía es posible construir comunidad en una sociedad que muchas veces impulsa exactamente lo contrario: sujetos aislados, consumidores antes que ciudadanos, competencia antes que solidaridad, mérito individual antes que justicia social. 

 La escuela pública, especialmente en los barrios populares, continúa siendo uno de los pocos espacios donde niñas, niños y jóvenes pueden experimentar formas de encuentro colectivo, participación y construcción democrática. 

Allí radica una de sus mayores potencias.   En este sentido, las políticas educativas de cuidado impulsadas en la Provincia de Buenos Aires, particularmente a partir de la Comunicación Conjunta N.º 1/23, dialogan profundamente con la perspectiva de Laudato Si’. 

La idea de corresponsabilidad, de construcción colectiva de las intervenciones, de escucha activa y de reconocimiento de las y los estudiantes como sujetos de derecho supone una concepción de escuela muy distinta a la lógica punitiva o meramente administrativa.    Cuidar no es controlar.   

Cuidar es construir vínculos institucionales donde cada estudiante pueda sentirse reconocido, escuchado y alojado.   Es comprender que detrás de muchas situaciones de conflicto, violencia o ausencias reiteradas existen trayectorias atravesadas por el sufrimiento social, la desigualdad y la fragilidad de los lazos comunitarios. 

 Por eso resulta central habilitar espacios reales de participación estudiantil.   Escuchar a las y los jóvenes no puede ser una formalidad vacía ni una práctica esporádica.   Implica reconocerlos como protagonistas de la vida institucional y de la construcción democrática de la escuela.   

Los Centros de Estudiantes, los proyectos colectivos, las experiencias solidarias, las propuestas de investigación comunitaria, las jornadas de debate, las actividades artísticas y culturales son mucho más que “actividades escolares”: son experiencias concretas donde se aprende a vivir con otros, a construir consensos, a ejercer la palabra y a comprometerse con la realidad.    

La escuela constituye hoy uno de los pocos espacios capaces de construir una mirada crítica frente al sistema imperante.    Mientras la lógica neoliberal impulsa el individualismo, la competencia permanente y la mercantilización de todos los aspectos de la vida, la educación pública todavía puede generar experiencias de solidaridad, participación democrática y construcción comunitaria. 

 Educar también implica formar protagonistas de las transformaciones sociales que se vuelven urgentes y necesarias para garantizar la subsistencia de la humanidad y el cuidado de la casa común para las futuras generaciones.    Por eso defender la escuela pública no es solamente defender una institución: es defender la posibilidad misma de construir un futuro más humano, más justo y más solidario. 

 En una época donde el mercado busca transformar todo en mercancía —incluso los vínculos humanos—, la escuela puede transformarse en un espacio de resistencia cultural y de construcción de humanidad.   

También por eso defender la escuela pública es defender una determinada idea de sociedad...
  • Una sociedad donde nadie sobra. 
  •  Donde la fragilidad no sea motivo de exclusión. 
  •  Donde el otro no sea visto como amenaza o competencia. 
  •  Donde la democracia no se reduzca únicamente al acto electoral sino que se construya cotidianamente desde la participación, la escucha y la responsabilidad colectiva. 
 Tal vez allí resida uno de los aportes más profundos de Laudato Si’ para pensar la educación hoy: recordarnos que todo está conectado.   Que no hay justicia ambiental sin justicia social.   Que no hay cuidado posible sin comunidad.   Y que educar también implica enseñar a habitar el mundo desde la solidaridad, la ternura y la responsabilidad con los otros. 

 Porque frente a una cultura del descarte, la escuela todavía puede seguir diciendo, todos los días, que cada estudiante importa.

Lic. Prof. Ernesto Gabriel Cela - Instagram y X: @ernestocela

lunes, noviembre 20, 2017

Herramientas de investigación: Diccionario Iberoamericano de Filosofía de la Educación

El Diccionario Iberoamericano de Filosofía de la Educación (DIFE) (pueden verlo haciendo clic aquí: http://www.fondodeculturaeconomica.com/dife/index.aspx ) es resultado de la colaboración de un nutrido grupo de especialistas de diversas disciplinas, pensadores y actores educativos que pone en manos de sus lectores una serie de ejercicios reflexivos bajo la consideración de que las categorías centrales para la discusión filosófica en educación, y el uso de los métodos propios de esa disciplina, son instrumentos de análisis con los que cada orientación, implícita o explícitamente, mira a los proyectos educativos.
Es un espacio de referencia orientado a un público muy amplio de estudiosos y practicantes de las tareas educativas. 
Puede pensarse como una herramienta que debe proporcionar, en primer lugar, claridad de significados y un conocimiento acumulado en términos y nociones fundamentales en el campo educativo.
En el prefacio, sus autores comparten sus intenciones: "Nuestra intención original surgió al constatar las dificultades que en la práctica y en la teoría educativas generan las deficiencias de comprensión de los términos, las confusiones conceptuales y los equívocos en el uso del lenguaje". Y agregan: "La convicción de que recurrir con la mayor precisión posible a las voces que usamos en los discursos educativos –tanto en la política como en la investigación y en la intervención– protege de errores de coherencia interna en las tareas de fundamentación en el ejercicio práctico fue el punto de partida del proyecto de elaboración de este diccionario". 

Considero que es un ejercicio colectivo muy valioso y da cuenta de modos diversos en que es posible hacer filosofía de la educación. 
Los ensayos reunidos en el DIFE involucran, desde luego, saber especializado, pero su intención fundamental es colocarlo en dirección de atender a la acción práctica, i.e., en condiciones de ser útil a la reflexión y orientación de los mejores modos de obrar al educar.

Lic. Prof. Ernesto Gabriel Cela - ernestocela@gmail.com

miércoles, julio 20, 2016

La transformación del Poder y la Disciplina: Una mirada del problema desde la Educación

En el siglo XX se utilizaba la herramienta del Panóptico en la práctica pedagógica, entendiendo que la observación atenta sobre el educando mejoraba su desempeño y disciplina.  Esta última se entendía sobre los cuerpos y por traslación se entendía que también moldeaba el carácter del alma.

Foucault en su análisis de la Modernidad, ya a fines del siglo XX y a las puertas del siglo XXI, sostiene que el poder pasó a ser reticular, minucioso, puntual y a la vez distribuido en las diferentes capas sociales y en cada una de las prácticas. 

Lejos de ser una forma, como el Estado, el soberano, el empresario o el director de una institución, Foucault sostiene que el poder es relacional; es decir, que no se trata de una unidad de dominio, de alguien que posee el poder de un modo autónomo y discrecional, sino de una multiplicidad que pone en relación un juego de fuerzas.  Por ello sostiene que el poder no se posee sino que se ejerce y ese ejercicio, que consiste en la capacidad de conducir las acciones de los otros, es siempre vinculante, de acción de unos sobre la acción de los otros.  Por ello, los conceptos que utiliza Foucault para describir el ejercicio del poder van a ser verbos que constituyen acciones: incitar, desviar, ordenar, limitar, etc.  Se trata de oponer acción sobre acción: por esta razón no hay poder a secas, sino más bien relaciones de poder.

La importancia de este tema, la necesidad de definir al sistema disciplinario y recorrer todas sus explicaciones, está dada por la inquietud en torno a la actualidad de la escuela y a esta como dispositivo educativo en nuestra época contemporánea.

Hoy educar en la libertad implica la conciencia de estos lazos de poder invisibles que dominan nuestras decisiones.  Si realmente, y tal como lo define Gilles Deleuze en su texto Posdata a las sociedades de control, hay una transformación en el diagrama actual respecto de las relaciones de fuerzas, esto significa el vencimiento de las instituciones disciplinarias y la emergencia de un nuevo estado de cosas. Si así fuera, si la eficacia del dispositivo disciplinario estuviera caída, muchas de las formas de intervención hasta hoy conocidas exigen su abandono; o, al menos, el reconocimiento de la caducidad de esta eficacia en aquellas instituciones creadas para una forma de dominio que ha perdido su intensidad.   La escuela moderna es una de las instituciones cuyo funcionamiento responde a este dispositivo.   No sólo respecto de la forma que adquiere en relación al ordenamiento de las conductas tanto de los agentes escolares como de los alumnos, sino que también se ve interpelada en el tipo de saber que produce y en los modos de transmisión.  En este sentido, las ciencias sociales no quedan al margen de esta mutación. ¿Habitamos aún la escuela moderna? ¿Podemos seguir pensando nuestras prácticas del mismo modo que hace cien años? ¿Es la misma la escuela, la fábrica o la familia?

En su análisis Gilles Deleuze reconoce una mutación del capitalismo y, con ello,  la emergencia de una nueva realidad social. Los sujetos, lejos de ser personas encerradas y expuestas a un modelo disciplinario, son deudores eventuales: la significación del documento de identidad se traslada a la tarjeta de crédito. Es el pasaje de la  identidad política a la identidad comercial, del poder de vigilancia a la intervención económica sobre los deseos, del ciudadano al consumidor. La institución de referencia ya no será ni la escuela, ni la fabrica, ni la familia. Van a ser las instituciones crediticias o bancarias aquellas que garanticen la acreditación de los sujetos en el mundo.

La gran transformación que ha traído el neoliberalismo se trata entonces de haber convertido una Sociedad de relaciones económicas en una Sociedad de Mercado, donde las relaciones sociales se han convertido en mercancía y desde allí se establecen redes de poder sutiles sobre los deseos, de tener, de poder, de poseer; entendiéndolos como sinónimos de la realización personal por sobre toda conciencia comunitaria de realización.  Es la Meritocracia como objetivo de la vida, como logro que responde a la idea de liberación que trae el capitalismo, unida al individualismo sin conciencia social.


Lic. Prof. Ernesto Gabriel Cela - ernestocela@gmail.com