Reflexión sobre la relación entre competencias digitales, enseñanza y desigualdad social en la escuela secundaria, y el riesgo de reducir lo digital a una destreza técnica desvinculada del pensamiento crítico.
Hablar de competencias digitales en la escuela secundaria no puede reducirse a la incorporación de dispositivos, plataformas o habilidades técnicas aisladas. El problema central no es tecnológico: es pedagógico, político y social. La pregunta de fondo sigue siendo qué enseñamos, para qué y en beneficio de quiénes.
En contextos de desigualdad estructural, la brecha digital no se expresa solo en el acceso a la tecnología, sino en la capacidad de usarla críticamente: leer, interpretar, producir conocimiento, argumentar, contrastar fuentes, construir sentido. Cuando la escuela se limita a enseñar procedimientos sin pensamiento, termina reproduciendo desigualdades en lugar de cuestionarlas.
Las competencias digitales tienen sentido educativo cuando se integran a proyectos pedagógicos con intencionalidad clara, vinculados al desarrollo del pensamiento crítico, la ciudadanía digital y la apropiación reflexiva del conocimiento. No se trata de “usar tecnología”, sino de enseñar a pensar con ella, comprendiendo sus límites, sus lógicas de poder y sus efectos sobre la subjetividad.
En la escuela secundaria, esto exige una mirada institucional: formación docente, acuerdos pedagógicos, selección crítica de recursos y una política educativa que no confunda modernización con innovación. Incorporar lo digital sin revisar las prácticas puede derivar en nuevas formas de exclusión, ahora mediadas por pantallas.
Por eso, el desafío no es tecnológico sino político-pedagógico: garantizar que las competencias digitales amplíen derechos, fortalezcan la enseñanza y contribuyan a una escuela pública capaz de formar sujetos críticos en un mundo crecientemente mediado por lo digital.
Es necesario resolver la tensión entre la capacidad de admiración, de curiosidad, de querer aprender y la propuesta de la enseñanza formal. Y personalmente creo que es el punto en el que podemos como profesores poner el foco al momento de pensar, proponer y ejecutar las prácticas áulicas.
Las competencias adquiridas en entornos informales son invisibles. Ya no hablamos de una brecha digital en cuanto al acceso tecnológico, sino de una brecha digital II que refiere a la capacidad de uso y el contexto del uso de las TIC.
Las competencias digitales deben tender a invisibilizarse para dar lugar al conocimiento que debe ser el centro y lo que tenemos que potenciar. Así por ejemplo plantea hacer invisible ciertas prácticas como el uso de la memoria. Hay que asumir que los discos rígidos tienen más capacidad de memoria que nosotros.
En este punto plantea que es un desafío de la escuela enseñar a utilizar la información disponible en función del conocimiento. Hay que enseñar a citar, a vincular textos, a contextualizar, a relacionar conceptos y temas, más que a recordar fechas o lugares de memoria.
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