domingo, octubre 25, 2026

EDUCAR PARA HUMANIZAR: La pedagogía del encuentro.

Una humanidad en camino — Tercera reflexión

En nuestros posteos y reflexiones anteriores nos preguntábamos qué significa verdaderamente progresar y qué entendemos por una humanidad mejor. Reconocíamos que el desarrollo científico y tecnológico no garantiza, por sí mismo, sociedades más justas. También compartíamos, desde nuestra fe cristiana, una comprensión de Dios como comunión de amor, que nos invita a construir relaciones fraternas.


Pero estas convicciones nos colocan frente a una pregunta decisiva: ¿cómo construimos una humanidad más justa, solidaria y fraterna?

La respuesta no puede quedar solamente en nuestras ideas o discursos. Necesita hacerse realidad en nuestras prácticas cotidianas. Y aquí la educación tiene una responsabilidad fundamental.

Educar es construir humanidad

Vivimos en una época en la que la inteligencia artificial puede ofrecer información, resolver problemas y facilitar numerosos aprendizajes. Sin embargo, ninguna de estas capacidades responde por sí misma a la pregunta fundamental: ¿para qué educamos?

Si entendemos la educación solamente como preparación para el mercado laboral, corremos el riesgo de reducir a las personas a sus capacidades productivas.

Pero si reconocemos que cada ser humano posee una dignidad que no depende de su rendimiento ni de su posición económica, educar adquiere un significado mucho más profundo.

Paulo Freire nos enseñó que la educación no consiste en depositar conocimientos en quienes aprenden, sino en construir procesos de diálogo, conciencia crítica y transformación de la realidad.

Educar es acompañar procesos de humanización, contribuyendo a que cada persona pueda reconocerse valiosa y construir con otros una vida digna.

El encuentro como condición del aprendizaje

Lev Vigotsky nos ofrece un fundamento especialmente significativo para comprender esta perspectiva.

Desde su enfoque sociocultural, el aprendizaje y el desarrollo de las funciones psicológicas superiores se encuentran profundamente vinculados con las interacciones sociales y la mediación cultural.

Su concepto de zona de desarrollo próximo permite comprender que aquello que un estudiante todavía no puede resolver de manera autónoma puede llegar a realizarlo con la orientación de un adulto o la colaboración de compañeros más experimentados.

A partir de esta perspectiva, otros investigadores desarrollaron la noción de andamiaje: los apoyos que permiten avanzar en la construcción de conocimientos y que progresivamente se retiran a medida que se desarrolla la autonomía.

Pero esta idea puede ayudarnos a pensar algo más que los aprendizajes escolares tradicionales.

También necesitamos construir andamiajes para aprender a convivir, reconocer al otro, resolver conflictos, participar democráticamente y asumir responsabilidades colectivas.   Estas capacidades no aparecen espontáneamente ni se desarrollan solamente mediante discursos sobre los valores.

Se aprenden participando en experiencias concretas de diálogo, cooperación, respeto y construcción de acuerdos.   El encuentro con otros se convierte así en un espacio de aprendizaje y construcción de ciudadanía.

La pedagogía del encuentro frente a las violencias

En nuestras escuelas encontramos cotidianamente adolescentes y jóvenes cuyas experiencias de vida están atravesadas por la pobreza, las violencias y la fragilidad de los vínculos.

Muchos han aprendido a responder a los conflictos desde las formas de relación que conocen. No podemos esperar que construyan espontáneamente otras maneras de convivir si no generamos oportunidades para experimentarlas.

Aquí adquiere sentido una pedagogía del encuentro que escucha, reconoce, acompaña y construye vínculos de confianza.

Pero el encuentro no significa ausencia de límites. Por el contrario, los límites adquieren sentido educativo cuando se explican, se fundamentan y se sostienen desde la responsabilidad compartida.

La escuela debe ofrecer experiencias donde los estudiantes puedan aprender que los conflictos no necesitan resolverse mediante la violencia, que las diferencias pueden tramitarse mediante la palabra y que las normas tienen sentido cuando protegen los derechos de todos.

Esto requiere proyectos institucionales compartidos, no solamente intervenciones individuales ante cada conflicto.

Don Bosco: educar desde la confianza

La tradición salesiana nos ofrece una experiencia profundamente vinculada con esta perspectiva.

Don Bosco comprendió que los jóvenes, especialmente aquellos que vivían situaciones de pobreza y abandono, necesitaban encontrar adultos capaces de reconocerlos, confiar en ellos y acompañarlos.

Su sistema preventivo, fundado en la razón, la religión y el amor educativo, propone una presencia cercana que construye vínculos de confianza.

La experiencia de su encuentro con Bartolomé Garelli nos recuerda que una relación educativa puede comenzar cuando un joven descubre que alguien está dispuesto a escucharlo y reconocer sus posibilidades.

Desde esta perspectiva, el educador no es solamente quien transmite conocimientos. Es quien acompaña, orienta y ofrece oportunidades para que otros desarrollen sus capacidades y construyan autonomía.

Una escuela que construye comunidad

La pedagogía del encuentro no puede depender exclusivamente de la buena voluntad de algunos docentes.

Necesita convertirse en una propuesta institucional compartida por equipos directivos, profesores, preceptores, equipos de orientación, estudiantes y familias.

Una escuela que construye comunidad genera espacios de participación, promueve acuerdos de convivencia, escucha las voces de sus estudiantes y desarrolla proyectos colectivos.

Allí se construyen también los andamiajes necesarios para aprender a vivir democráticamente.

Al mismo tiempo no podemos exigirle a la escuela que resuelva por sí sola las desigualdades sociales. Necesitamos políticas públicas que garanticen condiciones dignas de vida y el ejercicio efectivo de los derechos de niños, niñas y adolescentes.

Humanizar es aprender a caminar juntos

Desde nuestra fe cristiana, creemos que cada persona ha sido creada a imagen y semejanza de Dios, un Dios que es comunión de amor.

Esta convicción nos invita a reconocer la dignidad de cada ser humano y a comprometernos con la construcción de relaciones fraternas.

No se trata de imponer creencias religiosas en la escuela pública, sino de contribuir, desde nuestras convicciones y en diálogo con otras perspectivas, a una educación fundada en la dignidad, la justicia, la solidaridad y el respeto.

Jesús expresa el horizonte de esta esperanza cuando afirma: «He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10).

Esa vida plena no puede pensarse separada de las condiciones concretas de existencia de nuestros hermanos y hermanas.

Educar para humanizar es construir las condiciones para que cada niño, niña y adolescente encuentre oportunidades de aprender, participar, ser reconocido y proyectar su futuro.

Quizás el verdadero progreso no consista solamente en desarrollar tecnologías cada vez más inteligentes, sino en construir comunidades cada vez más humanas.

Porque aprender a vivir con otros también requiere acompañamiento, confianza y oportunidades.

Y ningún camino será verdaderamente humano si dejamos a alguien atrás.


Lic. Prof. Ernesto Gabriel Cela - Instagram y X: @ernestocela

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