Una humanidad en camino — Segunda reflexión
En nuestra primera reflexión, el artículo anterior, nos preguntábamos si todo avance tecnológico constituye necesariamente un progreso humano. Reconocíamos que la humanidad ha desarrollado capacidades científicas extraordinarias, pero que esos avances conviven con situaciones de pobreza, hambre, violencia y exclusión.
Terminábamos planteando que ningún camino puede considerarse verdaderamente humano si para avanzar necesita dejar a otros atrás, si sigue validando la cultura del "descarte".
Pero aquella reflexión nos conduce a una pregunta todavía más profunda: ¿qué entendemos por humano? ¿Qué significa construir una sociedad verdaderamente humana?
Las respuestas no son sencillas y no pretendemos aquí dar una respuesta acabada, pero si sentimos la necesidad de plantear una propuesta.
A lo largo de la historia, la filosofía, las ciencias y las distintas tradiciones religiosas han intentado comprender qué nos constituye como personas y cuál es el sentido de nuestra existencia.
Desde nuestra fe cristiana encontramos una respuesta que no pretende imponerse a quienes piensan diferente, sino ofrecerse como una propuesta de vida, una invitación a construir relaciones más fraternas y solidarias.
Un Dios que no es soledad, sino comunión
Los cristianos creemos en un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Un Dios trinitario que no puede comprenderse como un ser aislado, encerrado en sí mismo, sino como misterio de amor y comunión.
El teólogo latinoamericano Leonardo Boff, en su obra La Trinidad, la sociedad y la liberación, nos invita a contemplar la Trinidad como inspiración para pensar nuestras relaciones humanas y la organización de la sociedad.
En Dios, la unidad no significa uniformidad ni la diferencia implica desigualdad. La comunión trinitaria expresa una relación de amor en la que ninguna persona divina existe separada de las otras.
Esta comprensión de Dios tiene profundas consecuencias para nuestra manera de entender la humanidad.
El libro del Génesis nos presenta al ser humano creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26-27). Si creemos que Dios es comunión, entonces nuestra vocación humana también encuentra su sentido en la relación con los demás. No estamos llamados a realizarnos unos contra otros, sino unos con otros.
La persona humana no alcanza su plenitud mediante la acumulación de poder, riquezas o prestigio. Nuestra humanidad se desarrolla en la capacidad de amar, compartir, reconocer al otro y construir comunidad.
La libertad que se realiza en el servicio
Esta concepción puede resultar contradictoria con algunos valores que predominan en nuestra sociedad, en particular en alguna propuesta política de nuestro país.
Vivimos en una cultura que frecuentemente identifica la libertad con la posibilidad de hacer lo que deseamos, competir para alcanzar el éxito individual y acumular bienes como expresión de realización personal. Sin embargo, Jesús nos propone otro camino.
Cuando sus discípulos discuten acerca de quién es el más importante, les enseña: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9,35).
No se trata de negar nuestra individualidad ni de renunciar al legítimo cuidado de nosotros mismos. Se trata de comprender que la libertad encuentra un sentido más profundo cuando se orienta hacia el bien de los demás.
Somos verdaderamente libres cuando podemos elegir amar, compartir y servir, sin quedar prisioneros del egoísmo y de la ambición de poder.
Esta propuesta no es solamente una invitación a desarrollar virtudes personales. También cuestiona las relaciones sociales y económicas que convierten la competencia, la acumulación y el dominio sobre otros en criterios fundamentales de organización de la sociedad.
Una sociedad inspirada en la comunión no puede aceptar como natural que algunos concentren riquezas extraordinarias mientras millones de personas carecen de lo indispensable para vivir dignamente.
El encuentro con Dios en el rostro del otro
La fe cristiana nos propone algo todavía más desafiante: reconocer que nuestra relación con Dios no puede separarse de nuestra relación con los demás.
Jesús se identifica particularmente con quienes padecen hambre, sed, enfermedad, exclusión o abandono. En el Evangelio de Mateo nos dice: «Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40).
Aquí encontramos una respuesta a otra pregunta fundamental: ¿dónde se encuentra lo divino en nuestra experiencia humana?
Desde la fe, Dios no se reduce a nuestras ideas, a los templos o a las prácticas religiosas. Se hace presente en la historia y nos llama al encuentro, especialmente en aquellos cuya dignidad es desconocida o vulnerada.
La teología de la liberación ha profundizado esta comprensión mediante la opción preferencial por los pobres. No se trata solamente de ayudar a quienes sufren, sino también de reconocer las causas de su sufrimiento y comprometernos con la transformación de las condiciones que producen injusticia.
La comunión no puede construirse sobre la indiferencia. Tampoco puede existir auténtica fraternidad donde se naturalizan la exclusión y la desigualdad.
Una propuesta de humanidad para nuestro tiempo
La concepción trinitaria de Dios no pretende ofrecernos un modelo político que podamos trasladar mecánicamente a la sociedad. Pero sí nos presenta un horizonte desde el cual revisar nuestras relaciones, nuestras instituciones y nuestras decisiones.
Frente al individualismo, propone comunidad. Frente a la competencia que excluye, solidaridad. Frente a la dominación, servicio. Frente a la indiferencia, encuentro.
Y esta propuesta adquiere particular importancia en una época en la que las capacidades tecnológicas parecen crecer mucho más rápidamente que nuestra disposición a compartir sus beneficios.
La inteligencia artificial y los demás desarrollos científicos pueden convertirse en herramientas extraordinarias para mejorar la vida humana. Pero necesitan estar orientados por decisiones éticas y políticas que reconozcan la dignidad de todas las personas. Desde nuestra fe, creemos que el sentido de esos avances debe encontrarse en el servicio a la vida, en el cuidado de la creación y en la construcción de una sociedad donde nadie sea considerado descartable.
La humanidad no se realiza solamente por aquello que es capaz de producir, sino por las relaciones que construye y por el sentido que otorga a sus capacidades.
Quizás el desafío de nuestro tiempo no sea solamente desarrollar tecnologías cada vez más inteligentes, sino aprender a construir relaciones cada vez más humanas.
Si creemos en un Dios que es comunión de amor, nuestra vocación no puede ser otra que construir una humanidad donde todos tengan un lugar, donde las diferencias sean reconocidas y donde la dignidad de cada persona encuentre posibilidades reales de realización.
Porque el encuentro con Dios no nos aleja de la historia ni de los problemas de nuestro tiempo. Por el contrario, nos compromete profundamente con ellos.
Y tal vez sea precisamente allí, en el encuentro con los otros y especialmente con quienes más sufren, donde comenzamos a descubrir el verdadero sentido de nuestra humanidad y también nuestra responsabilidad sobre el cuidado del planeta.









